Cuando mostrar quién eres parece más arriesgado que seguir escondiéndote.
A veces aprendemos muy pronto a adaptarnos. A decir lo que se espera, a ocupar menos espacio, a no molestar demasiado, a mostrar las partes de nosotros que creemos que serán mejor recibidas. Poco a poco, casi sin darnos cuenta, podemos terminar construyendo una versión de nosotros mismos que funciona hacia fuera, pero que por dentro empieza a resultarnos extraña.
El miedo a ser uno mismo puede tener muchas formas. Miedo a decepcionar. A no encajar. A ser rechazado. A que nuestras decisiones no sean comprendidas. A decir que no. A expresar lo que sentimos. A reconocer lo que queremos. Entonces bajamos el volumen de nuestra propia voz, como si nuestra música tuviera que sonar siempre más bajo para no incomodar a nadie.
Pero vivir permanentemente pendientes de la mirada de los demás tiene un coste. Podemos sentirnos desconectados, cansados o incluso perdidos, aunque aparentemente todo esté bien. Como quien navega siguiendo siempre las luces de otros barcos y, un día, descubre que hace tiempo que dejó de mirar su propia brújula. Volver a uno mismo no significa dejar de tener en cuenta a los demás, sino aprender a incluirnos también en nuestras propias decisiones.
La terapia puede convertirse en un lugar para empezar a recuperar esa voz. Un espacio donde no necesitas demostrar nada ni tener todas las respuestas. Donde puedes explorar quién eres cuando no estás intentando cumplir expectativas, comprender de dónde vienen algunos miedos y descubrir qué partes de ti has tenido que esconder para sentirte aceptado, querido o seguro.
Ser tú no implica tenerlo todo claro. Tampoco dejar de sentir miedo. Tal vez consiste en aprender a vivir con mayor coherencia entre lo que piensas, lo que sientes, lo que necesitas y la forma en la que eliges estar en el mundo. Y, poco a poco, empezar a sentir que tu vida también puede tener tu propio ritmo, tu propia voz y tu propia manera de sonar.